Vive sola en el barrio San Justo y tiene muy avanzada la enfermedad muscular que le imposibilita movilizar sus brazos. Solicita urgente ayuda de la comunidad.

 

María tiene distrofia muscular y clama por una silla de ruedas a motor

 

María de los Ángeles Rodríguez tiene 62 años y desde hace 15 sufre una distrofia muscular avanzada, enfermedad que la obliga a permanecer en una silla de ruedas.

La mujer reside en una humilde vivienda construida con bloques y chapas, en el barrio San Justo, cercano a Sanidad, en la zona sudeste. Allí, las calles se encuentran colmadas de zanjones con agua y barro. Sortear esos caminos son prácticamente imposible para María, quien subsiste gracias a la solidaridad de algunos vecinos y miembros de una iglesia cristiana evangélica cercana, que la ayudan en sus tareas cotidianas como hacer compras en el almacén, bañarse o viajar al centro de la ciudad para hacer algún trámite, de vez en cuando.

Ella anhela conseguir una silla a motor para movilizarse sola, por lo que solicita ayuda a la comunidad.

“Yo vivo sola y tengo que andar molestando a la gente para que me compre el pan o lo que pueda porque ya mis brazos no me dan para más y necesito una silla a motor. No es que molesto por molestar, sino que mis brazos ya no me responden. Mi distrofia muscular ya está muy avanzada. Tengo toda mi columna en forma de una canaleta, hundida”, relató María a El Tribuno.

La distrofia muscular debilita los músculos estriados, que son los que producen los movimientos voluntarios del cuerpo humano. Se caracteriza por alteraciones en las proteínas musculares que ocasionan la muerte de las células que componen el tejido.

“Se me formó un sobrehueso en la rodilla. Se me está lastimando la piel por lo que me pongo polleras largas para que la silla no me raspe”, manifestó.

Hace un tiempo la mujer sufrió un accidente doméstico que le dejó secuelas de quemaduras en el brazo izquierdo. “Estaba agarrando la pava porque me quería preparar unos mates y justo se me rompió la patita de adelante de la silla, la rueda y me caí pava y todo. Me quemé el brazo y me quedaron las marcas. Después un hermano de la iglesia a la que asisto me ayudó a arreglar la silla”, se lamentó.

Transitar por el barrio es una odisea. “Ahora no hay tantos pozos como antes. En las subidas sí, pero con una silla a motor yo me podría mover”, contó.

Una pensión es el ingreso económico con el que subsiste María, quien posee certificado de discapacidad. “Son unos 9.000 pesos, de una pensión graciable. Cuando voy a cobrarla me compro un poco de mercadería, carne y a veces cuando pasan por aquí los verduleros les compro para poder alimentarme. Trato de arreglarmelas sola. No me gusta molestar”, dijo.

Parte de su pensión es destinada a remedios. “Tomo Sintrom, un anticoagulante porque al estar tanto tiempo sentada en la silla mi sangre no funciona bien, entonces tengo que tomar la pastilla todos los días. Tengo prohibido tomar Cafiaspirina ni nada derivado de Bayaspirina. Cuando me duele algo solo puedo tomar Cefalexina”, recalcó.

Actualmente no posee cobertura de salud, según comentó. “No tengo obra social porque a través del Profe yo peleaba por la silla y me habían dicho que tenía que renunciar para poder acceder a una con motor porque ellos otorgaban las comunes y bueno, me quedé sin cobertura. Luego Profe se mudó. Tengo que ir a la nueva dirección y pedir de nuevo que me afilien”, recalcó.

Y agregó: “Cuando me siento mal y puedo, voy al Papa Francisco. Ahora necesito ir al oculista y no tengo quien me lleve”.

Antes

María contó que hace muchos años, cuando la enfermedad no estaba tan avanzada, podía caminar, aunque con un defecto. “Una pierna no me respondía bien pero por lo menos caminaba. Después me quedé en silla de ruedas y podía desplazarme porque tenía fuerza en los brazos. Ahora mis brazos parecen fideos. Se me están durmiendo todos los músculos. Lo mismo me pasa con las piernas y el médico me dijo que va a llegar el momento en que si o si voy a necesitar que alguien me cuide”, expresó.

La mujer es oriunda de Buenos Aires, donde reside su familia y trabajaba haciendo costuras. “Me vine a Salta por problemas personales y no tenía donde estar. Conseguí este terreno y me vine a vivir aquí. Por lo menos tengo un techo”, relató.

“Gracias al señor, un hermano me llevó a la iglesia y conocí una nueva familia que se preocupa por mí. Emprendieron este movimiento para que yo pueda conseguir la silla a motor. Yo sé que Dios me la va a dar pero tengo que intentar”, finalizó.

Para ayudar

Una joven vecina llamada Camila y Dante Marín, ambos de iglesia cristiana evangélica a la que asiste María, son quienes la ayudan constantemente. “Camila es mi amiga. Yo antes vivía en su casa. Ella me hace los mandados al almacén, me baña, me acompaña y el hermano Marín, de la iglesia, es quien me ayuda a difundir mi pedido de la silla a motor. Yo valoro mucho lo que hacen por mí. Hay algunos vecinos que también me ayudan, pero hay otros que me dicen que si lo harán y después se van al almacén y no me avisan”, contó María.

Las personas que deseen ayudar a María de los Ángeles Rodríguez, quien necesita una silla a motor, pueden concurrir al barrio San Justo, cercano a Sanidad, manzana 5, casa 47 o comunicarse al siguiente teléfono celular: 01131836836.

Fuente: eltribuno

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