Con una tasa de referencia del 40 por ciento (6,75 puntos superior a la vigente hasta ayer, y 11,75 puntos por encima de la vigente hace una semana), y el aumento al 47 por ciento de la tasa para pases activos a 7 días, el Banco Central busca inducir a todo el sistema financiero a que vuelque a la autoridad monetaria toda la liquidez posible, succionando así el dinero que podría dirigirse a la compra de dólares. Es una medida extrema, que en términos de estabilización de la cotización del dólar probablemente tenga efecto a corto plazo, pero a un costo altísimo y con resultados inciertos después de los primeros días.

Más allá del impacto monetario y cambiario, es indudable –y así lo reconoció el ministro de Hacienda en conferencia de prensa– que la suba drástica de tasas repercutirá negativamente en la actividad productiva, al encarecer o directamente hacer inalcanzable el crédito para la producción, y en el consumo, porque también significa un fuerte castigo al financiamiento de compras con tarjetas de crédito.

En cambio, ninguna de las medidas apunta a resolver los problemas de fondo que afectan la estabilidad cambiaria y que condenan al actual programa económico a un seguro estrangulamiento externo: no resuelve el déficit en el comercio exterior, tampoco el déficit en divisas provenientes del turismo, ni limita la salida de capitales al exterior, que se viene dando y acelerando en estos dos años por fuga, remisión de utilidades y dividendos al exterior, o por las exportaciones no liquidadas, para las cuales ya se había eliminado toda exigencia temporal para ingresarlas al país.